18 de junio de 2009

Puntos suspensivos

¿A quién se le ocurrió la idea de los puntos suspensivos?

Esos signos llenos de significados y carentes de significante excepto quizás por el ruidoso silencio que evocan...

...

...

¿Verdad?

Tan útiles como las pausas y tan desesperantes como la indecisión, los puntos suspensivos representan mucho más que tres golpes minúsculos grabados uno junto al otro... Representan lo que su autor no quiso decir, lo que los lectores desean interpretar y lo que en realidad sucederá o sucedería si...

[...] Últimamente me doy cuenta de que uso demasiados puntos suspensivos en mi comunicación cotidiana, quizás como reflejo del millar de situaciones que siguen a la espera de que les ponga punto final, o punto y seguido, o dos puntos... Pero que siguen en suspenso a fin de cuentas...

[...] A veces, después de ciertas decisiones, se extrañan tanto las cosas imposibles, los cuentos de hadas, los sueños guajiros y demás supuestos obstáculos para el desarrollo personal, que se siente uno tan incompleto como un texto que "concluye", irónicamente y sin que se pueda afirmar que sea cierto, en puntos suspensivos...

8 de junio de 2009

¿Epidemia? Epílogo

Antes de esto, deberías leer: [¿Epidemia? 1] [Epidemia 2] [Epidemia 3]
...

Acabamos de iniciar el proceso de restaurar lo que la noticia de una posible epidemia destruyó en nuestro país. Al margen de las teorías “conspiranoicas” que se gestaron alrededor de este suceso, opino que los ciudadanos “de a pie” estamos hartos de que nuestros “dirigentes” en las cúpulas políticas del país y del mundo, aprovechen cualquier oportunidad, hasta las que vienen asociadas a la muerte, para promoverse, ocultar información o exagerar las condiciones y justificar una serie de malas decisiones con un accidente de la naturaleza.

El cuento de Diana y Roberto no pretende ser una pieza literaria (sé que es muy obvio pero hay que decirlo), pretende simplemente sintetizar las consecuencias que puede traer consigo el verdadero contagio que corremos el riesgo de sufrir los ciudadanos del mundo: apatía política.

Tan sólo hablando de México, todo este asunto del virus AH1N1 sacó a relucir lo mejor y lo peor de nuestra sociedad, desde vivales vendiendo cubrebocas a diez veces su precio hasta políticos en mensajes televisivos (pagados con nuestros impuestos) donde presumen su contribución en la contingencia que evitó miles de muertes a causa del virus de influenza humana, aprovechando a ocultar las miles de muertes que ocurren a causa de la inseguridad, la desnutrición, la ineficacia de los servicios de salud pública, las pésimas condiciones de las vialidades en todas las ciudades y la famosa “batalla contra el narcotráfico”.

Es necesario que nos preguntemos como ciudadanos si no nos estamos quedando sentados ante el televisor sintiendo que con ello (y con ponernos un cubrebocas e ir a votar) ya estamos participando de la vida de nuestro país y de nuestro mundo. ¿Para cuándo y cómo exigir una evaluación de los funcionarios y representantes políticos que realmente tenga consecuencias para ellos? ¿Hasta cuándo permitiremos que nuestros “representantes” se excusen en “crisis que vienen de fuera” y en peligros de epidemias para justificar su fracaso en el cumplimiento de una promesa de campaña?

No olvidemos que las excusas no quitan el pan de la mesa, ni el derecho a la salud ni a la educación de la clase política, ellos siguen con sus privilegios aunque no hayan cumplido con su trabajo. ¿Hasta cuándo? Hasta que hagamos contingencia para la verdadera epidemia de apatía y nos deje de dar igual.

Nota al pie sobre la "epidemia":
Hice algo semejante a lo que hizo Diana, no tan exagerado, pero nunca usé un cubrebocas ni exageré mi higiene más de lo normalmente recomendable, estuve en el temido Distrito Federal, viajé en el Metro donde dos señores en dos viajes diferentes me estuvieron tosiendo en la cara, han pasado los famosos 10 a 15 días de incubación y no tengo ningún síntoma de gripe, aunque soy alérgico y me expongo a cambios bruscos de temperatura (clima tropical y aire acondicionado). No dejé de besar ni de tocar a nadie y ninguna de esas personas en contacto conmigo se ha contagiado tampoco. Conozco gente a quien le han diagnosticado el contagio y se ha recuperado como de cualquier otra gripe.

No afirmo que el virus no exista, opino que se exageró su potencial por conveniencias múltiples y que ocurrieron demasiadas cosas importantes a la sombra de la contingencia.


Tampoco critico la contingencia, era necesaria para evaluar a ciencia cierta el verdadero peligro que traía consigo el virus. Lo que viví y lo que he platicado con algunos amigos médicos, me hace pensar que el virus sería mortal para personas inmunodeficientes (diabetes, SIDA, hepatitis, desnutrición...) y bajo ciertas condiciones medioambientales, eso no se ha dicho ni se dirá hasta que sea políticamente conveniente... Eso es lo criticable.

Y ya, mejor me callo, no me vayan a venir a contagiar con algo para que deje de escribir tonterías incómodas.

¿Epidemia? 3

Antes de esto, deberías leer: [¿Epidemia? 1] [Epidemia 2]
...

Roberto colocó un ramo de flores violetas sobre una lápida que, aún después de dos años, le erizaba la piel y le exprimía lágrimas a sus ojos. Su vida había dado un vuelco violento en una edad difícil, la realidad le había aplastado contundentemente, arrollando todas las ideas que había conseguido organizar en su disciplinada mente a lo largo de sus escasos años de estudio.

Aquél mayo de 2009 dejaría marcas en la vida de muchas personas y Ro no fue la excepción. Un virus bautizado como influenza porcina en un primer momento y como influenza humana después para hacerlo más políticamente correcto, se convirtió en el villano de una historia saturada de coincidencias, conspiraciones y conveniencias.

Desde la mañana en que Ro se había quedado con las ganas de escuchar la palabra "Sí" de los labios de Diana, las cosas no volvieron a la normalidad. En un principio él se acomodó en un estado casi vacacional, aprovecharía el tiempo libre en cosas que le agradaban más que la mayoría de las clases en su escuela y buscaría la forma de encontrarse con Diana a pesar de la contingencia sanitaria.

A dos años de aquél escenario, Roberto sólo podía sentir frustración, enojo y decepción hacia todo lo que tuviera qué ver con la democracia en su país y en el mundo entero. Ya no era un adolescente soñador, se había convertido en un joven incrédulo, sin esperanza y sin razones para sentirse o actuar como ciudadano. A final de cuentas había sido ese sistema y sus corruptos actores quienes le habían arrebatado gran parte de lo que amaba y lo habían convertido una estadística fría y conveniente.

Durante el tiempo que duró la contingencia, Diana se conservó incrédula ante la dichosa epidemia. El asunto se acentuó cuando su padre perdió el trabajo – ¡Qué maldita coincidencia ¿no?! – Le decía a todos, también a Roberto quien le insistía que no dejara de cuidarse. Ella nunca se cuidó, retó a lo que para ella era una conspiración con la que pretendían distraer la atención de los motivos que les habían llevado a esa crisis financiera y económica que en ese momento dejaba a su familia sin sustento.

Diana salió de su casa, sin cubrebocas, sin guantes, sin gel para desinfectar las manos. Se burló de los comerciales “mochos” que el Partido Acción Nacional aprovechó a lanzar: “Podemos demostrarnos afecto sin tocarnos” –¡Qué ridículos! – La tarde después de la noticia que llevó su papá a casa, ella salió corriendo, caminó sin parar hasta sentarse en un parque a kilómetros de su casa, saludó de mano a las personas que pedían limosna y después de varias horas de buscar un puesto de tacos sin éxito (los cerraron las autoridades ante la contingencia), regresó a su casa y cenó unas quesadillas sin lavarse las manos.

Lo presumió en su blog, se lo contó a Roberto y él se molestó mucho ante ese acto de irresponsabilidad. Pasaron algunos días, las cosas comenzaban a regresar a la normalidad, excepto que, al regresar a la escuela, Diana no respondió a la pregunta que le hiciera Ro días antes, lo evitaba en la medida de lo posible. Un día después, Diana dejó de asistir a la escuela, él no pudo volver a comunicarse con ella, mucho menos después de que los padres de él murieran de forma colateral en un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, tanto papá como mamá llevaban sus cubrebocas puestos.

Los meses siguientes fueron sólo dolor, confusión y resentimiento. Se enteró de que la familia de Diana había sido víctima del virus AH1N1 y que una de las personas contagiadas había muerto. No se atrevió a preguntar quién, ya tenía suficientes pérdidas que resistir y dejar esa incógnita era un recurso para permanecer vivo, aunque – ¿vivo para qué? – se preguntaba.

Roberto pudo concluir sus estudios de bachillerato e iniciar los universitarios gracias a la previsión de sus padres. Tuvo que vivir algunas carencias, pero no las padeció en realidad, la única carencia que le dolía era la de su familia. Ya no estudiaba con el mismo coraje, cambió su decisión vocacional y olvidó las Ciencias Políticas, todo eso le daba asco. Se preparaba para ser ingeniero en electrónica y planeaba vivir en automático el resto de su vida, como un ciudadano conforme más, sin hacer ruido, sin emitir opiniones (ni votos), pagando impuestos para mantener a un montón de parásitos que nunca cumplen sus promesas de servir al pueblo y protegerle... – Pero un día estallará mi paciencia – pensaba mientras apretaba los puños frente a una tumba.

Entonces alzó la vista, alguien caminaba hacia él con lágrimas en los ojos, dos años después, Diana lo había buscado y por fin le había encontrado. Se abrazaron un largo rato y, después de un silencio incómodo rieron y comenzaron a hacerse muchas preguntas. Interrumpieron las respuestas para despedirse de los padres de Roberto, caminaron varios metros y se detuvieron en silencio en la tumba de la mamá de Diana, quien murió bajo el diagnóstico de gripe AH1N1, al parecer la diabetes no le permitió recuperarse de la enfermedad. Diana se culpó durante mucho tiempo, pensaba que ella había llevado el virus a su casa (según los médicos eso era posible), tuvieron que pasar muchos meses antes de que su estado de ánimo le permitiera continuar con su vida.

– ¿Sabes qué? – Preguntó ella mientras se sentaban en un café a unas cuadras del cementerio – Vas a pensar que me volví loca, pero sigo pensando que ese virus AH1N1 no ocasionó (ni hubiera podido ocasionar) ninguna epidemia.

– La verdad sí, pienso que enloqueciste pero ¿qué más da? – cuestionó Roberto.

– Entiendo cómo te sientes, a mí también ya me da igual.

Fin
(Aunque falta el epílogo)

Trinos al vuelo