27 de diciembre de 2009

Escritor del siglo XXI

Te escribo como todo neociudadano del siglo XXI más una década, desde la entrada a un cine que se encuentra en una plaza a la que todo mundo acude a comprar cosas que no necesita aunque pague el triple o cuádruple del precio que realmente debería (y en muchos casos podría) costear. Estoy sentado aquí porque espero, al menos, verte pasar y cazarte con mi mirada anónima, no como un enfermo, porque tú sabes que te busco y me aceptas, porque conozco y padezco nuestros límites con una paciencia casi religiosa, aún ahora que sé que ya no estás por aquí.

Te escribo lejos de la maravillosa imprenta de Gutenberg y ubicado en el tiempo en que todos tenemos la nuestra en el bolsillo sin necesidad de tinta ni papel, como no imaginaron Cervantes ni Shakespiere; escribo con dos pulgares, como no alcanzaron a sospechar Verne ni Asimov, asumiendo esta pequeña incomodidad que no se atreven a sobrellevar incluso algunos escritores que sobreviven al siglo pasado aunque ya hagan nacer sus obras frente a una pantalla luminosa.

Te escribo así porque me invade la ironía al descubrir que todas estas diferencias, desde la genialidad de la escritura (que yo no consigo), hasta los medios para realizarla, son insuficientes para separarme de las vulnerabilidades de aquellos que nos dejaron su legado en tinta y papel, insuficientes para permitirme quedar al margen de los sentimientos, los errores, las confusiones, las indecisiones y hasta de la fatalidad, porque como ellos, estoy expuesto a la intemperie del tiempo, espacio, economía, cultura y política que poco tienen qué ver con la pureza de la inspiración pero mucho con su ensombrecimiento y su póstuma parafernalia de fanatismo de mercado.

Y pienso en Borges, con quien, además del apellido, quisiera compartir una diminuta fracción de su genio, pienso en la injusticia institucional que le negó los galardones que tanto merecía y que tan poco le importaban, redescubro su humilde austeridad y también quiero hacerla mía para desatarme de esta imposibilidad de tenerte a mi lado porque en los designios que me acercan el sustento así ha sido establecido. Le cito en este intento de hacerme entender:

“He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz...”
“Si de algo soy rico es de perplejidades y no de certezas...”


Te pienso y te plasmo en estas letras sin decir tu nombre como un escritor del siglo veintiuno, frente a un cuadrito de luz en el que juguetean las palabras que dictan mis dos pulgares, conectado al mundo con una diminuta porción de los intermediarios que requirieron los escritores de siglos pasados, pero irónicamente, escribo frases condenadas a vararse en un escaparate virtual donde quizás, en el mejor de los casos, sólo tú las comprendas y las valores por lo que implican, porque te implican a ti. Te escribo desde el siglo veintiuno, con la terquedad y el deseo de todos los hombres que anhelaron lo que parecía imposible en cualquier punto de la historia, sin imaginar cómo escribirán las personas en la próxima centuria, pero con la esperanza puesta en que lo que no se imagina ni se sospecha, de todas formas es posible.

25 de diciembre de 2009

Navidad sin dirección

Foto por sergis blog

Quizás sea por estar a punto de llegar a los 30, pero no recuerdo haberme sentido tan desorientado como ahora. Esta Navidad resultó ser simbólicamente reveladora acerca del momento existencial que estoy viviendo.

Ayer viajé para pasar la Navidad en familia (por parte de mi papá). Decidí tomar el autobús para ir descansado y evitarme el estrés de manejar en una ciudad con trazos urbanos de por sí complicados y con el complemento de más y más automóviles transitando.

Al llegar, me di cuenta de que no tenía anotada la dirección de la casa de mi primo ya que siempre llego acompañado de mis padres. Como les visito poco y apenas llevan 3 años viviendo ahí, no tenía idea de dónde dirigirme, llamé y nadie contestaba, me sentí un poco perdido y fue cuando me golpeó la analogía: Sin dirección, no hay destino.

Decidí que no valía la pena mortificarme, debería esperar a que alguno de mis familiares viera la llamada perdida y me la devolviera. Así que comencé a reflexionar acerca de la falta de dirección que tiene actualmente mi vida; sí, he conseguido varios "logros" que muchos a mi edad no, pero también me he quedado estancado en muchos otros ámbitos por dedicarle mis energías siempre a lo urgente.

En ese ajetreo de la urgencia, no he sido capaz ni de tomar decisiones importantes sobre el estilo de vida que quiero construirme, ni sobre la persona con quien quiero compartir ese proceso de construcción... He dejado que todo suceda en automático y hace poco más de un día esa olla a presión que yo tenía en el fuego estalló lastimando a una persona que amo.

Aún no sé lo que quiero en el sentido profundo de la expresión, llevo años proponiéndome decidirlo y no termino de identificarlo, ya no digamos de poner manos a la obra en conseguirlo. Estoy a punto de concluir mi tercera década y mi plan de vida parece caduco, requiere una renovación y no tolera más aplazamientos.

Todo indica que el miedo es a las decisiones y sus consecuencias. No he podido lidiar con el hecho de que tomar un camino hace que me pierda la experiencia de haber recorrido el otro, no he podido vencer ese miedo escondido que le tengo a los juicios ajenos ni he conseguido dejar de adjudicarme la responsabilidad por la felicidad o desdicha de otras personas.

Ésta es mi Navidad, no puedo decir que miserable, ni siquiera que triste... Es quizás, mirando las cosas desde un punto de vista optimista, una Navidad marcada por las palabras dirección, decisión y voluntad en espera de que lleguen como un regalo de ésos que esperan los niños con ilusión.

Si aún puedo pedir algo, si mi fe aún funciona,
pido dirección y voluntad para tomar y asumir decisiones,
la felicidad sigue aquí, sólo falta la flama que la encienda

21 de diciembre de 2009

¿Cuándo es demasiado tarde? - Espejo I


El espejo avienta a mis ojos una imagen preocupante, una persona desconocida que debe afeitarse, limpiarse y deshincharse después de algunas horas de sueño, debe hacer todo eso sin estar muy seguro de que los motivos le sean válidos, suficientes o, cuando menos, razonables.

El espejo me mira con mis propios ojos y emite una serie de juicios severos y múltiples hasta alcanzar un número tan exorbitante que se le olvidan, que deja de mirarme y abandona su papel de personaje con vida propia para convertirse en un burdo reflejo sobre la pared que actúa según mis órdenes, que muere en mi ausencia.

Pero después de un rato el espejo sigue ahí, sin necesidad de una pared, sin necesidad de unos ojos, enjuiciando y hablándome en el silencio del camino a la rutina diaria, el espejo escarba en los motivos para vivirla, en los argumentos para asumir los roles que le dan un sentido a esta existencia aunque el destino de ese sentido se aleje cada día más del que quisiera alcanzar.

Fijo la vista en el camino, consulto la agenda, me sumerjo en la cotidianidad laboral y me dejo narcotizar por el estrés, los pendientes, los urgentes, las ocurrencias de los jefes, los mensajes virtuales, los modales, la estridencia del trimbre telefónico... Me olvido del espejo.

Llega el silencio, un instante de él basta, le recuerdo, le extraño y me dirijo al sanitario donde me encuentro de nuevo con esa mirada casi ajena que me pregunta por qué, que me exige una decisión o, por lo menos, una explicación para esa incapacidad de decidir... Y la mirada es hipnótica, pareciera que el ojo derecho me invita a tomar un camino y el izquierdo me advierte de lo que me pierdo al renunciar al otro... Vuelvo a tomar el control de mi reflejo, huyo a la oficina.

Llega la noche, cada noche, recorro algunos kilómetros frente al mar rumbo a un hogar vacío, me sorprende no desear que esté ahí quien debería, me sorprende desearle aunque no deba, pero a fin de cuentas, en ese lugar, sólo me recibirá mi reflejo para preguntarme - ¿Hasta cuándo es demasiado tarde?

Continuará

1 de diciembre de 2009

¿Qué le pasó al mes de noviembre?

Que se me fue sin entregar mis hojas, que se escapó con escasez de lluvias.
Se esfumó como la luna se esfuma, como cada veintiocho días en sus vientres la vida muere sin ser concebida.

Se quedó en un pasado inmutable, con una solitaria marca en este espacio virtual, como la erosión en la corteza del árbol que se convierte en monumento de uno y de todos los amores olvidados y llenos de esperanza, que miran con respeto y timidez la osadía del arma blanca escribiendo para la posteridad.

Noviembre acabó con el sol sobre nuestras cabezas, ocurrió como un milagro climático que aguarda la tempestad y desespera, como una Penélope que termina arrepentida de su promesa y huye dejando una banca en el pueblo por testigo, rechazando al que esperaba, sin dar cabida al último día que suelen tener algunos otros meses.

Ni el viento ensució noviembre, ni la lluvia vino a limpiarle, se quedó casi intacto en su condición de irrepetible, partiendo en una carrera ventajosa y dejando el corazón tan confuso como cada año que va transformando la vida en muerte y la muerte en experiencia que espera ser vivida en la siguiente oportunidad, como ignorando que no la habrá.

Trinos al vuelo