1 de octubre de 2019

Cuando ya no quiero soñar bonito

A mes y medio de la separación, he luchado con todo mi ser contra la depresión y la ansiedad, la desaparición tan repentina de las risas, los ruidos, los tactos, los aromas que llenaban mi vida ha significado un infierno, en especial luego de asumir mi parte de responsabilidad y percibirme condenado.

Una de las torturas más irónicas de este abismo, son mis sueños. Normalmente, luego de tener un sueño bonito despertaba a mi realidad inspirado, sonriente. Ahora, cada noche oro por no soñar con esas risas, ruidos, tactos, aromas y momentos felices que vivía junto a mi esposa e hijas, porque los disfruto mucho, pero cuando abro los ojos a la realidad, varias veces a lo largo de la noche y la madrugada, no es más que para darme cuenta de que esta nueva vida se parece mucho a una pesadilla interminable.

Y quiero creerme que no lo es, quiero enfocarme en lo que sigue funcionando, mis amigos, mis padres, mi familia de origen, los momentos con mis hijas aunque ahora sean más escasos, mi trabajo y la gente formidable que colabora conmigo. Y hago de todo para cambiar de enfoque, me busco, me obligo a comer, a sacar pendientes, a comunicarme, a reencontrar el sentido que no deja de jugar a las escondidas.

Me sigo obligando a recuperar la mejor versión de mí, esa que comencé a descuidar hace años, cuando pensé que ya había hecho suficiente y me dormí en mis laureles. Toca apostar a que el tiempo y la lucha me vayan sanando, toca apostar a que un día volveré a soñar bonito y abriré los ojos para agradecer que mi vida vuelve a ser mejor que mis sueños.

Trinos al vuelo