Trata de no pensar en un gato blanco.
Ahora haz todo lo posible por no imaginar una jirafa sin manchas.
Si vas seguir este experimento está prohibido rascarse la axila, aunque en este momento te esté dando comezón, o simplemente desees llevar la contraria, no lo hagas.
No recuerdes en este momento el color del café con leche.
Olvídate por completo del sonido del viento.
No vayas a imaginar un día soleado a la orilla de la playa.
¿Podrías impedir que llegue a tu mente la imagen de un letrero rojo con letras blancas?
¿Has visto una llanta ponchada? No pienses ni un segundo en ello a partir de este momento.
Favor de sacar sus propias conclusiones.
Gracias.
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20 de diciembre de 2010
8 de junio de 2009
¿Epidemia? 3
Antes de esto, deberías leer: [¿Epidemia? 1] [Epidemia 2]
...
Roberto colocó un ramo de flores violetas sobre una lápida que, aún después de dos años, le erizaba la piel y le exprimía lágrimas a sus ojos. Su vida había dado un vuelco violento en una edad difícil, la realidad le había aplastado contundentemente, arrollando todas las ideas que había conseguido organizar en su disciplinada mente a lo largo de sus escasos años de estudio.
Aquél mayo de 2009 dejaría marcas en la vida de muchas personas y Ro no fue la excepción. Un virus bautizado como influenza porcina en un primer momento y como influenza humana después para hacerlo más políticamente correcto, se convirtió en el villano de una historia saturada de coincidencias, conspiraciones y conveniencias.
Desde la mañana en que Ro se había quedado con las ganas de escuchar la palabra "Sí" de los labios de Diana, las cosas no volvieron a la normalidad. En un principio él se acomodó en un estado casi vacacional, aprovecharía el tiempo libre en cosas que le agradaban más que la mayoría de las clases en su escuela y buscaría la forma de encontrarse con Diana a pesar de la contingencia sanitaria.
A dos años de aquél escenario, Roberto sólo podía sentir frustración, enojo y decepción hacia todo lo que tuviera qué ver con la democracia en su país y en el mundo entero. Ya no era un adolescente soñador, se había convertido en un joven incrédulo, sin esperanza y sin razones para sentirse o actuar como ciudadano. A final de cuentas había sido ese sistema y sus corruptos actores quienes le habían arrebatado gran parte de lo que amaba y lo habían convertido una estadística fría y conveniente.
Durante el tiempo que duró la contingencia, Diana se conservó incrédula ante la dichosa epidemia. El asunto se acentuó cuando su padre perdió el trabajo – ¡Qué maldita coincidencia ¿no?! – Le decía a todos, también a Roberto quien le insistía que no dejara de cuidarse. Ella nunca se cuidó, retó a lo que para ella era una conspiración con la que pretendían distraer la atención de los motivos que les habían llevado a esa crisis financiera y económica que en ese momento dejaba a su familia sin sustento.
Diana salió de su casa, sin cubrebocas, sin guantes, sin gel para desinfectar las manos. Se burló de los comerciales “mochos” que el Partido Acción Nacional aprovechó a lanzar: “Podemos demostrarnos afecto sin tocarnos” –¡Qué ridículos! – La tarde después de la noticia que llevó su papá a casa, ella salió corriendo, caminó sin parar hasta sentarse en un parque a kilómetros de su casa, saludó de mano a las personas que pedían limosna y después de varias horas de buscar un puesto de tacos sin éxito (los cerraron las autoridades ante la contingencia), regresó a su casa y cenó unas quesadillas sin lavarse las manos.
Lo presumió en su blog, se lo contó a Roberto y él se molestó mucho ante ese acto de irresponsabilidad. Pasaron algunos días, las cosas comenzaban a regresar a la normalidad, excepto que, al regresar a la escuela, Diana no respondió a la pregunta que le hiciera Ro días antes, lo evitaba en la medida de lo posible. Un día después, Diana dejó de asistir a la escuela, él no pudo volver a comunicarse con ella, mucho menos después de que los padres de él murieran de forma colateral en un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, tanto papá como mamá llevaban sus cubrebocas puestos.
Los meses siguientes fueron sólo dolor, confusión y resentimiento. Se enteró de que la familia de Diana había sido víctima del virus AH1N1 y que una de las personas contagiadas había muerto. No se atrevió a preguntar quién, ya tenía suficientes pérdidas que resistir y dejar esa incógnita era un recurso para permanecer vivo, aunque – ¿vivo para qué? – se preguntaba.
Roberto pudo concluir sus estudios de bachillerato e iniciar los universitarios gracias a la previsión de sus padres. Tuvo que vivir algunas carencias, pero no las padeció en realidad, la única carencia que le dolía era la de su familia. Ya no estudiaba con el mismo coraje, cambió su decisión vocacional y olvidó las Ciencias Políticas, todo eso le daba asco. Se preparaba para ser ingeniero en electrónica y planeaba vivir en automático el resto de su vida, como un ciudadano conforme más, sin hacer ruido, sin emitir opiniones (ni votos), pagando impuestos para mantener a un montón de parásitos que nunca cumplen sus promesas de servir al pueblo y protegerle... – Pero un día estallará mi paciencia – pensaba mientras apretaba los puños frente a una tumba.
Entonces alzó la vista, alguien caminaba hacia él con lágrimas en los ojos, dos años después, Diana lo había buscado y por fin le había encontrado. Se abrazaron un largo rato y, después de un silencio incómodo rieron y comenzaron a hacerse muchas preguntas. Interrumpieron las respuestas para despedirse de los padres de Roberto, caminaron varios metros y se detuvieron en silencio en la tumba de la mamá de Diana, quien murió bajo el diagnóstico de gripe AH1N1, al parecer la diabetes no le permitió recuperarse de la enfermedad. Diana se culpó durante mucho tiempo, pensaba que ella había llevado el virus a su casa (según los médicos eso era posible), tuvieron que pasar muchos meses antes de que su estado de ánimo le permitiera continuar con su vida.
– ¿Sabes qué? – Preguntó ella mientras se sentaban en un café a unas cuadras del cementerio – Vas a pensar que me volví loca, pero sigo pensando que ese virus AH1N1 no ocasionó (ni hubiera podido ocasionar) ninguna epidemia.
– La verdad sí, pienso que enloqueciste pero ¿qué más da? – cuestionó Roberto.
– Entiendo cómo te sientes, a mí también ya me da igual.
...
Roberto colocó un ramo de flores violetas sobre una lápida que, aún después de dos años, le erizaba la piel y le exprimía lágrimas a sus ojos. Su vida había dado un vuelco violento en una edad difícil, la realidad le había aplastado contundentemente, arrollando todas las ideas que había conseguido organizar en su disciplinada mente a lo largo de sus escasos años de estudio.
Aquél mayo de 2009 dejaría marcas en la vida de muchas personas y Ro no fue la excepción. Un virus bautizado como influenza porcina en un primer momento y como influenza humana después para hacerlo más políticamente correcto, se convirtió en el villano de una historia saturada de coincidencias, conspiraciones y conveniencias.
Desde la mañana en que Ro se había quedado con las ganas de escuchar la palabra "Sí" de los labios de Diana, las cosas no volvieron a la normalidad. En un principio él se acomodó en un estado casi vacacional, aprovecharía el tiempo libre en cosas que le agradaban más que la mayoría de las clases en su escuela y buscaría la forma de encontrarse con Diana a pesar de la contingencia sanitaria.
A dos años de aquél escenario, Roberto sólo podía sentir frustración, enojo y decepción hacia todo lo que tuviera qué ver con la democracia en su país y en el mundo entero. Ya no era un adolescente soñador, se había convertido en un joven incrédulo, sin esperanza y sin razones para sentirse o actuar como ciudadano. A final de cuentas había sido ese sistema y sus corruptos actores quienes le habían arrebatado gran parte de lo que amaba y lo habían convertido una estadística fría y conveniente.
Durante el tiempo que duró la contingencia, Diana se conservó incrédula ante la dichosa epidemia. El asunto se acentuó cuando su padre perdió el trabajo – ¡Qué maldita coincidencia ¿no?! – Le decía a todos, también a Roberto quien le insistía que no dejara de cuidarse. Ella nunca se cuidó, retó a lo que para ella era una conspiración con la que pretendían distraer la atención de los motivos que les habían llevado a esa crisis financiera y económica que en ese momento dejaba a su familia sin sustento.
Diana salió de su casa, sin cubrebocas, sin guantes, sin gel para desinfectar las manos. Se burló de los comerciales “mochos” que el Partido Acción Nacional aprovechó a lanzar: “Podemos demostrarnos afecto sin tocarnos” –¡Qué ridículos! – La tarde después de la noticia que llevó su papá a casa, ella salió corriendo, caminó sin parar hasta sentarse en un parque a kilómetros de su casa, saludó de mano a las personas que pedían limosna y después de varias horas de buscar un puesto de tacos sin éxito (los cerraron las autoridades ante la contingencia), regresó a su casa y cenó unas quesadillas sin lavarse las manos.
Lo presumió en su blog, se lo contó a Roberto y él se molestó mucho ante ese acto de irresponsabilidad. Pasaron algunos días, las cosas comenzaban a regresar a la normalidad, excepto que, al regresar a la escuela, Diana no respondió a la pregunta que le hiciera Ro días antes, lo evitaba en la medida de lo posible. Un día después, Diana dejó de asistir a la escuela, él no pudo volver a comunicarse con ella, mucho menos después de que los padres de él murieran de forma colateral en un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, tanto papá como mamá llevaban sus cubrebocas puestos.
Los meses siguientes fueron sólo dolor, confusión y resentimiento. Se enteró de que la familia de Diana había sido víctima del virus AH1N1 y que una de las personas contagiadas había muerto. No se atrevió a preguntar quién, ya tenía suficientes pérdidas que resistir y dejar esa incógnita era un recurso para permanecer vivo, aunque – ¿vivo para qué? – se preguntaba.
Roberto pudo concluir sus estudios de bachillerato e iniciar los universitarios gracias a la previsión de sus padres. Tuvo que vivir algunas carencias, pero no las padeció en realidad, la única carencia que le dolía era la de su familia. Ya no estudiaba con el mismo coraje, cambió su decisión vocacional y olvidó las Ciencias Políticas, todo eso le daba asco. Se preparaba para ser ingeniero en electrónica y planeaba vivir en automático el resto de su vida, como un ciudadano conforme más, sin hacer ruido, sin emitir opiniones (ni votos), pagando impuestos para mantener a un montón de parásitos que nunca cumplen sus promesas de servir al pueblo y protegerle... – Pero un día estallará mi paciencia – pensaba mientras apretaba los puños frente a una tumba.
Entonces alzó la vista, alguien caminaba hacia él con lágrimas en los ojos, dos años después, Diana lo había buscado y por fin le había encontrado. Se abrazaron un largo rato y, después de un silencio incómodo rieron y comenzaron a hacerse muchas preguntas. Interrumpieron las respuestas para despedirse de los padres de Roberto, caminaron varios metros y se detuvieron en silencio en la tumba de la mamá de Diana, quien murió bajo el diagnóstico de gripe AH1N1, al parecer la diabetes no le permitió recuperarse de la enfermedad. Diana se culpó durante mucho tiempo, pensaba que ella había llevado el virus a su casa (según los médicos eso era posible), tuvieron que pasar muchos meses antes de que su estado de ánimo le permitiera continuar con su vida.
– ¿Sabes qué? – Preguntó ella mientras se sentaban en un café a unas cuadras del cementerio – Vas a pensar que me volví loca, pero sigo pensando que ese virus AH1N1 no ocasionó (ni hubiera podido ocasionar) ninguna epidemia.
– La verdad sí, pienso que enloqueciste pero ¿qué más da? – cuestionó Roberto.
– Entiendo cómo te sientes, a mí también ya me da igual.
1 de mayo de 2009
¿Epidemia? 1
Diana se sintió defraudada cuando, después de un recorrido de treinta minutos en medio de un tránsito pesado y ruidoso, le informaron a ella y a su mamá que no habría clases ni en ese bachillerato ni en ninguna otro escuela debido a una contingencia sanitaria que se activaba en respuesta a un virus que estaba cobrando víctimas en toda la ciudad. Aquél día, ella tenía planeado darle el sí a "Ro" (Roberto) y probar de una vez por todas la hipótesis, creada entre sus amigas y ella, de que él era un buen besador.
Pues nada, Diana tendría que esperar al día siguiente para probar los labios de Ro y distraerse en su casa con el Internet, porque le daba flojera estar viendo en la tele lo que ya había escuchado en el noticiario de la radio: que cuidado con la epidemia, que se proteja, que si el asunto tendrá tintes políticos, que si una conspiración, que por si las dudas hay que cubrirse las vías respiratorias, lavarse las manos, no saludar de mano, ni de beso... ¡Beso! era la única palabra que le producía una sensación diferente y era de lo único que quería saber.
Pero resultó que en el Internet tampoco se salvó de la letanía a la que tanto huía. Al iniciar su messenger vio varias notificaciones de correos nuevos con la palabra "Influenza" incluida en el asunto. Comenzó a leer algunos mensajes que el mismo Ro había reenviado a todos sus conocidos, en orden de aparición:
- ¡Cuidado con el virus de la influenza!
- Peligro de epidemia por influenza, favor de seguir recomendaciones
- La mentira de la influenza
- Complot internacional: influenza
- ¿Verdad o mentira? saque sus conclusiones acerca de la influenza
Lo que la motivó a seguir leyendo fue que cada vez encontraba más mensajes contradictorios. Algunos de los mensajes incluían enlaces a videos que despertaron el interés de Diana, recordándole debates buenísimos en la clase de la maestra Carmen, donde se hablaba de política, historia, democracia y hasta conspiraciones. El primero de esos videos fue "The shock doctrine":
Diana podría ser una adolescente enamoradiza, pero ese día, su curiosidad y sed de verdad habían sido liberadas como dos leones hambrientos... Se puso a buscar noticias en diferentes medios, así como le había enseñado su maestra Carmen, y descubrió tal cantidad de cifras y sugerencias contradictorias emitidas por parte de diferentes autoridades, que sintió miedo, no ya de la epidemia, sino de lo que hubiera detrás de ella.
Obama había visitado recientemente México y se había reunido con el presidente Calderón, se hablaba de una crisis financiera desde finales del año anterior, las grandes empresas multinacionales dejaban de ser rentables... En México se seguía insistiendo en que se tenían las medidas para soportar ese problema y se seguían poniendo los reflectores en el tema de la inseguridad por el narcotráfico... Ahora todo era diferente, los reflectores apuntaban a un extraño virus que estaba matando gente, pero nadie decía exactamente en cuáles hospitales, ni bajo qué condiciones, ni siquiera podían ponerse de acuerdo en las cifras. Aún así, las fronteras se cerraban, la actividad económica se detenía y ella no podría regresar a la escuela con Ro hasta una semana después.
Si esta epidemia era una conspiración, entonces "el chupacabras", "la mataviejitas" y "los náufragos" no eran más que distractores made in México de baja categoría, esto de la influenza porcina era de orden mundial.
Pues nada, Diana tendría que esperar al día siguiente para probar los labios de Ro y distraerse en su casa con el Internet, porque le daba flojera estar viendo en la tele lo que ya había escuchado en el noticiario de la radio: que cuidado con la epidemia, que se proteja, que si el asunto tendrá tintes políticos, que si una conspiración, que por si las dudas hay que cubrirse las vías respiratorias, lavarse las manos, no saludar de mano, ni de beso... ¡Beso! era la única palabra que le producía una sensación diferente y era de lo único que quería saber.
Pero resultó que en el Internet tampoco se salvó de la letanía a la que tanto huía. Al iniciar su messenger vio varias notificaciones de correos nuevos con la palabra "Influenza" incluida en el asunto. Comenzó a leer algunos mensajes que el mismo Ro había reenviado a todos sus conocidos, en orden de aparición:
- ¡Cuidado con el virus de la influenza!
- Peligro de epidemia por influenza, favor de seguir recomendaciones
- La mentira de la influenza
- Complot internacional: influenza
- ¿Verdad o mentira? saque sus conclusiones acerca de la influenza
Lo que la motivó a seguir leyendo fue que cada vez encontraba más mensajes contradictorios. Algunos de los mensajes incluían enlaces a videos que despertaron el interés de Diana, recordándole debates buenísimos en la clase de la maestra Carmen, donde se hablaba de política, historia, democracia y hasta conspiraciones. El primero de esos videos fue "The shock doctrine":
Diana podría ser una adolescente enamoradiza, pero ese día, su curiosidad y sed de verdad habían sido liberadas como dos leones hambrientos... Se puso a buscar noticias en diferentes medios, así como le había enseñado su maestra Carmen, y descubrió tal cantidad de cifras y sugerencias contradictorias emitidas por parte de diferentes autoridades, que sintió miedo, no ya de la epidemia, sino de lo que hubiera detrás de ella.
Obama había visitado recientemente México y se había reunido con el presidente Calderón, se hablaba de una crisis financiera desde finales del año anterior, las grandes empresas multinacionales dejaban de ser rentables... En México se seguía insistiendo en que se tenían las medidas para soportar ese problema y se seguían poniendo los reflectores en el tema de la inseguridad por el narcotráfico... Ahora todo era diferente, los reflectores apuntaban a un extraño virus que estaba matando gente, pero nadie decía exactamente en cuáles hospitales, ni bajo qué condiciones, ni siquiera podían ponerse de acuerdo en las cifras. Aún así, las fronteras se cerraban, la actividad económica se detenía y ella no podría regresar a la escuela con Ro hasta una semana después.
Si esta epidemia era una conspiración, entonces "el chupacabras", "la mataviejitas" y "los náufragos" no eran más que distractores made in México de baja categoría, esto de la influenza porcina era de orden mundial.
4 de abril de 2009
Explicar lo que no existe: Crisis 2
[Escalas previas: Crisis 1]
En aquél planeta con destino fatídico, las eras habían transcurrido sucediéndose unas a otras, siendo unas tésis, otras antítesis y algunas síntesis, pero siempre dejando un estigma para los vencidos y poder hereditario para los vencedores.
De a poco, no era únicamente la historia una vía para justificar las tiranías: A los herederos del poder se les había ocurrido la idea de legislar, escribir las normas de convivencia y colaboración maquilladas con una extensa parafernalia que pretendía convencer a los pueblos de la bondad de las instituciones, de las buenas intenciones de la autoridad y de que ésta no era más que una extensión del poder que los mismos pueblos ejercían: Se les ocurrió la democracia como una "dictadura maquillada de poesía".
Se volvieron moda las revoluciones, los golpes de estado y la sustitución de tronos y coronas por parlamentos, congresos y ministros que decían servir a los pueblos. A la par, en medio de aquella distracción que ocasionaban las beligerantes búsquedas de libertad y respeto a los derechos humanos, se gestaban a oscuras las vías para globalizar el poder de unos cuantos, globalizar las condiciones para conseguir esclavos voluntarios (que convenientemente dejarían de llamarse esclavos y se les nombraría "recursos humanos") que desgastaran sus vidas en la búsqueda de un sueño que les costaría su salud, su familia y sus principios, en supuestas jornadas de ocho horas que terminaban siendo de veinte, por un puñado de dinero que de un día para otro perdería su valor, pero dejando en manos de los gigantes capitalistas y políticos, anónimos e intangibles o famosos e intocables, el producto de su trabajo, lo que en realidad no perdería jamás su valor.
Globalizaron entonces la posibilidad de abrir fábricas en los pueblos que ofrecieran más facilidades a cambio de miserias y cerrarlas donde la gente comenzara a ser consciente de esa esclavitud disfrazada de "oportunidades de empleo". Y siempre estaba de por medio ese invento del que se valían los poderosos para hacer cumplir sus intereses, para premiar a sus aliados con dádivas y relumbres. Pero incluso aquellos aliados, aquellas rémoras al frente de medios de comunicación, de cargos políticos, de sindicatos y de grandes de empresas, veían sus sueños caer por causa de aquello que ellos mismos defendían y nombraban como "crecimiento sostenible".
El crecimiento sostenible dejó de serlo y ni las más audaces estrategias para favorecer el consumismo podían hacer frente a la realidad: los recursos se acababan, la gente ya no podía producir más allá de las veinte horas de trabajo sin desfallecer, quienes se habían endeudado para vivir el sueño del poder no estaban pagando su deuda, las rémoras se tronaban los dedos al ver sus ambiciones en peligro y retiraban sus inversiones, cerraban sus empresas echando a la calle a millones de esclavos voluntarios que ya no podían aspirar ni siquiera a eso porque ya les habían despojado de sus tierras y de sus principios... Los herederos del poder, los exclusivos y excluyentes, inventaron un término, que además fue una estrategia, para definir esta situación: Crisis Financiera.
Y el término sirvió para mantener calmada a la gente, para dejarla a la expectativa de lo que harían "los expertos" para solucionarlo todo y en la disposición de "ayudarles" a hacerlo. Todo era culpa de "la crisis" pero ésta no terminaba de ser responsabilidad de nadie... La crisis no era más que una pausa que globalizaba una sensación de miedo y sometimiento, que serviría como pretexto para deshacerse de los estorbos y reafirmar la lealtad de los esclavos voluntarios y las rémoras que deseaban que todo volviera "a la normalidad"... Esa normalidad que mantendría todo en su lugar... Cuando las rémoras se pusieron de acuerdo entre sí, bajo el mando de los herederos del poder, pasó la crisis, todo estaba bien, al planeta se le podía seguir devastando, a la gente se la podía seguir explotando, el dinero podía seguir circulando con su inequitativo valor, los pueblos seguían pagando sus impuestos por vivir en países que parecían parques de diversiones surrealistas, la gente que conservó sus principios seguía pobre o en la cárcel pero ya todo estaba bien, iniciaba una "nueva era": Status Qúo.
Y aquella nueva era sería la última, la más corta de todas, porque aquél hermoso planeta había dejado de ser verde y se había secado dejando aguas grises y putrefactas; había despedido a la mayoría de sus especies que ya no se reproducían más y sólo dejaban una estela de muerte... Y aquella peculiar especie que había sido capaz de pensar, había sucumbido ante sus propios inventos, había abandonado su realidad y se había convertido en víctima de su sueño de ser el centro de todo aquello que ahora estaba aniquilado.
Epílogo
¿Por qué hay que explicar la crisis como algo que no existe?
La crisis financiera que tanto escuchamos y sufrimos en estos días es resultado de una serie de inventos desafortunados. Somos víctimas de algo que no existe porque simplemente es algo que unos cuantos han inventado para que todos añoremos las migajas del poder y perpetuemos ese "ciclo sin fin" en búsqueda de un sueño que no necesariamente se materializa para quien más se esfuerza o para el mejor intencionado, sino que se hace realidad para quien se atreve a escalar una cima en la que se deben aplastar las cabezas de otros.
Existe el trabajo, pero nos han inventado el dinero y el estrés.
Existe la ayuda, pero nos han inventado el usufructo.
Existe la colaboración, pero nos han inventado la explotación.
Existen los recursos naturales, pero nos han inventado el consumismo y el "libre comercio".
Existe la convivencia, pero nos han inventado las democracias esbeltas e hipócritas.
Existen los problemas y las vías para resolverlos, pero nos han inventado una crisis que es fruto de las mismas mentiras y los mismos esquemas que se pretenden perpetuar.
Escribo esto sabiéndome parte de este sistema, sabiéndome un posible esclavo voluntario y posible e iluso aspirante a rémora, porque tengo presente que nadie escapa a esas posibilidades y no pretendo erigirme en una de las escasas excepciones a la regla. Pero soy también testigo de lo absurdo de nuestro propio planeta y veo a mis padres (como los de muchos), entrando a la tercera edad, esforzándose por sobrevivir después de años de actuar de acuerdo a sus principios y de renunciar a su salud y hasta a parte de la armonía familiar en beneficio de empresas que les dieron la espalda a la primera oportunidad, les veo repitiendo el ciclo sin fin y me veo a mí, cobarde y "educado" siguiendo esos pasos a regañadientes.
El cambio se logra tomando una opción personal por lo que sí existe, renunciando de a poco a las invenciones, rompiendo ese esquema que se podría dibujar como una serpiente que muerde su cola. El cambio se siembra en el propio corazón y entre los más cercanos, se comparte y se cultiva sin juicios ni prejuicios, porque ninguno escapamos a las ataduras del sistema; el cambio se siembra y se cultiva con el esfuerzo y sacrificio de hoy, aunque quizás se coseche muchas generaciones después, aunque nos corresponda ser meros buscadores de un horizonte que parezca inalcanzable.
En aquél planeta con destino fatídico, las eras habían transcurrido sucediéndose unas a otras, siendo unas tésis, otras antítesis y algunas síntesis, pero siempre dejando un estigma para los vencidos y poder hereditario para los vencedores.
De a poco, no era únicamente la historia una vía para justificar las tiranías: A los herederos del poder se les había ocurrido la idea de legislar, escribir las normas de convivencia y colaboración maquilladas con una extensa parafernalia que pretendía convencer a los pueblos de la bondad de las instituciones, de las buenas intenciones de la autoridad y de que ésta no era más que una extensión del poder que los mismos pueblos ejercían: Se les ocurrió la democracia como una "dictadura maquillada de poesía".
Se volvieron moda las revoluciones, los golpes de estado y la sustitución de tronos y coronas por parlamentos, congresos y ministros que decían servir a los pueblos. A la par, en medio de aquella distracción que ocasionaban las beligerantes búsquedas de libertad y respeto a los derechos humanos, se gestaban a oscuras las vías para globalizar el poder de unos cuantos, globalizar las condiciones para conseguir esclavos voluntarios (que convenientemente dejarían de llamarse esclavos y se les nombraría "recursos humanos") que desgastaran sus vidas en la búsqueda de un sueño que les costaría su salud, su familia y sus principios, en supuestas jornadas de ocho horas que terminaban siendo de veinte, por un puñado de dinero que de un día para otro perdería su valor, pero dejando en manos de los gigantes capitalistas y políticos, anónimos e intangibles o famosos e intocables, el producto de su trabajo, lo que en realidad no perdería jamás su valor.
Globalizaron entonces la posibilidad de abrir fábricas en los pueblos que ofrecieran más facilidades a cambio de miserias y cerrarlas donde la gente comenzara a ser consciente de esa esclavitud disfrazada de "oportunidades de empleo". Y siempre estaba de por medio ese invento del que se valían los poderosos para hacer cumplir sus intereses, para premiar a sus aliados con dádivas y relumbres. Pero incluso aquellos aliados, aquellas rémoras al frente de medios de comunicación, de cargos políticos, de sindicatos y de grandes de empresas, veían sus sueños caer por causa de aquello que ellos mismos defendían y nombraban como "crecimiento sostenible".
El crecimiento sostenible dejó de serlo y ni las más audaces estrategias para favorecer el consumismo podían hacer frente a la realidad: los recursos se acababan, la gente ya no podía producir más allá de las veinte horas de trabajo sin desfallecer, quienes se habían endeudado para vivir el sueño del poder no estaban pagando su deuda, las rémoras se tronaban los dedos al ver sus ambiciones en peligro y retiraban sus inversiones, cerraban sus empresas echando a la calle a millones de esclavos voluntarios que ya no podían aspirar ni siquiera a eso porque ya les habían despojado de sus tierras y de sus principios... Los herederos del poder, los exclusivos y excluyentes, inventaron un término, que además fue una estrategia, para definir esta situación: Crisis Financiera.
Y el término sirvió para mantener calmada a la gente, para dejarla a la expectativa de lo que harían "los expertos" para solucionarlo todo y en la disposición de "ayudarles" a hacerlo. Todo era culpa de "la crisis" pero ésta no terminaba de ser responsabilidad de nadie... La crisis no era más que una pausa que globalizaba una sensación de miedo y sometimiento, que serviría como pretexto para deshacerse de los estorbos y reafirmar la lealtad de los esclavos voluntarios y las rémoras que deseaban que todo volviera "a la normalidad"... Esa normalidad que mantendría todo en su lugar... Cuando las rémoras se pusieron de acuerdo entre sí, bajo el mando de los herederos del poder, pasó la crisis, todo estaba bien, al planeta se le podía seguir devastando, a la gente se la podía seguir explotando, el dinero podía seguir circulando con su inequitativo valor, los pueblos seguían pagando sus impuestos por vivir en países que parecían parques de diversiones surrealistas, la gente que conservó sus principios seguía pobre o en la cárcel pero ya todo estaba bien, iniciaba una "nueva era": Status Qúo.
Y aquella nueva era sería la última, la más corta de todas, porque aquél hermoso planeta había dejado de ser verde y se había secado dejando aguas grises y putrefactas; había despedido a la mayoría de sus especies que ya no se reproducían más y sólo dejaban una estela de muerte... Y aquella peculiar especie que había sido capaz de pensar, había sucumbido ante sus propios inventos, había abandonado su realidad y se había convertido en víctima de su sueño de ser el centro de todo aquello que ahora estaba aniquilado.
Epílogo
¿Por qué hay que explicar la crisis como algo que no existe?
La crisis financiera que tanto escuchamos y sufrimos en estos días es resultado de una serie de inventos desafortunados. Somos víctimas de algo que no existe porque simplemente es algo que unos cuantos han inventado para que todos añoremos las migajas del poder y perpetuemos ese "ciclo sin fin" en búsqueda de un sueño que no necesariamente se materializa para quien más se esfuerza o para el mejor intencionado, sino que se hace realidad para quien se atreve a escalar una cima en la que se deben aplastar las cabezas de otros.
Existe el trabajo, pero nos han inventado el dinero y el estrés.
Existe la ayuda, pero nos han inventado el usufructo.
Existe la colaboración, pero nos han inventado la explotación.
Existen los recursos naturales, pero nos han inventado el consumismo y el "libre comercio".
Existe la convivencia, pero nos han inventado las democracias esbeltas e hipócritas.
Existen los problemas y las vías para resolverlos, pero nos han inventado una crisis que es fruto de las mismas mentiras y los mismos esquemas que se pretenden perpetuar.
Escribo esto sabiéndome parte de este sistema, sabiéndome un posible esclavo voluntario y posible e iluso aspirante a rémora, porque tengo presente que nadie escapa a esas posibilidades y no pretendo erigirme en una de las escasas excepciones a la regla. Pero soy también testigo de lo absurdo de nuestro propio planeta y veo a mis padres (como los de muchos), entrando a la tercera edad, esforzándose por sobrevivir después de años de actuar de acuerdo a sus principios y de renunciar a su salud y hasta a parte de la armonía familiar en beneficio de empresas que les dieron la espalda a la primera oportunidad, les veo repitiendo el ciclo sin fin y me veo a mí, cobarde y "educado" siguiendo esos pasos a regañadientes.
El cambio se logra tomando una opción personal por lo que sí existe, renunciando de a poco a las invenciones, rompiendo ese esquema que se podría dibujar como una serpiente que muerde su cola. El cambio se siembra en el propio corazón y entre los más cercanos, se comparte y se cultiva sin juicios ni prejuicios, porque ninguno escapamos a las ataduras del sistema; el cambio se siembra y se cultiva con el esfuerzo y sacrificio de hoy, aunque quizás se coseche muchas generaciones después, aunque nos corresponda ser meros buscadores de un horizonte que parezca inalcanzable.
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| De Instantes fotogénicos |
8 de marzo de 2009
Rita en la silla plástica (6)
[ Leer antes: Cap. 1 - Cap. 2 - Cap. 3 - Cap. 4 - Cap. 5 ]
No fue el estruendo de la tormenta lo que estremeció al indeseable visitante de Rita, muchas personas más en kilómetros a la redonda despertaron asustadas, con la piel erizada ante el ensordecedor sonido que hizo vibrar los marcos de las ventanas. No fueron los oídos del ladrón que amenazaba a Rita los afectados por aquél trueno, fue lo que sus ojos vieron en los dibujos lo que le revolvieron el estómago y le extrajeron un sudor frío.
Rita seguía dibujando, indiferente ante las goteras que caían a su alrededor y sorda ante la banda sonora en que se convertía la tormenta, sólo sus pezones desnudos eran testigos del frío que sentía su cuerpo, pero no ella, porque ella estaba a años y kilómetros de distancia, en medio del mar, haciendo travesuras con su padre, el capitán del buque en el que habían fabricado un escondite exclusivo donde guardaban todos sus tesoros.
Los rumores generados entre la tripulación acerca del "tesoro del capitán" se convirtieron en verdades y en obsesión a lo largo de cinco años de ver al oficial buscando las horas más oscuras para bajar al cuarto de máquinas y entrar por una escotilla a la que sólo él tenía acceso. Según los cálculos de muchos, esa escotilla conducía a un considerable espacio dividido en pequeñas recámaras que normalmente funcionarían como las bodegas ubicadas en otras partes debajo de la nave. Lo que guardaba el capitán en ese lugar al que sólo entraban él y su hija, cuando ella le acompañaba, nadie lo sabía, pero la obsesión y ambición de algunos se materializó en un motín a bordo que ocasionó una batalla entre dos bandos de tripulantes, seguida de una tempestad que les tomó a todos desprevenidos y ocasionó el hundimiento del buque y la muerte de más de la mitad de la gente a bordo, incluido el capitán.
La madre de Rita, preocupada por el impacto que tuvo en su hija la muerte del capitán, consultaba a todo mundo esperando obtener algún remedio, o por lo menos alguna explicación a la extraña conducta de Rita, quien había dejado de hablar, se quedaba horas sentada en una silla plástica mirando hacia el infinito y cuando le acercaban una libreta para ver si se comunicaba usando la escritura, se limitaba a dibujar frenéticamente cosas de barcos y tesoros que admiraban a muchos por el dominio de la técnica de dibujo, pero que a nadie, o casi a nadie, le decían mucho más.
Hacía seis meses, el día en que Rita cumplía veinte años, que su madre no volvía a casa. Había salido con un fajo de dibujos hechos por su hija en busca de una nueva explicación. Iba pálida, pero con paso firme y mirada furiosa. Desde entonces los vecinos se habían ocupado de Rita, a su manera: algunas señoras iban y dejaban comida que ella devoraba como autómata, otras le ayudaban a bañarse y le volvían a poner el camisón que ella insistía en quitarse, durante los primeros meses montaban guardias para que ningún vecino (incluyendo a alguno de los maridos) se metiera a satisfacer sus deseos carnales con la desdichada jovencita, pero hacía ya dos meses que Rita había sido un triste, mudo e indiferente recipiente de múltiples abusos.
Lo que ahora veía el furtivo visitante en los nuevos dibujos de Rita, le parecía imposible, le inquietaba sobremanera, como si estuviera frente a un médico que le informara que le quedan dos días de vida... Sus gordos dedos (los nueve que le quedaban entre ambas manos) temblaban involuntariamente, su corazón (el poco que le quedaba) latía con rapidez y los músculos de sus piernas como troncos se tensaban hasta provocarle calambres, no pudo moverse, la historieta dibujada por Rita le estaba dejando petrificado.
No fue el estruendo de la tormenta lo que estremeció al indeseable visitante de Rita, muchas personas más en kilómetros a la redonda despertaron asustadas, con la piel erizada ante el ensordecedor sonido que hizo vibrar los marcos de las ventanas. No fueron los oídos del ladrón que amenazaba a Rita los afectados por aquél trueno, fue lo que sus ojos vieron en los dibujos lo que le revolvieron el estómago y le extrajeron un sudor frío.
Rita seguía dibujando, indiferente ante las goteras que caían a su alrededor y sorda ante la banda sonora en que se convertía la tormenta, sólo sus pezones desnudos eran testigos del frío que sentía su cuerpo, pero no ella, porque ella estaba a años y kilómetros de distancia, en medio del mar, haciendo travesuras con su padre, el capitán del buque en el que habían fabricado un escondite exclusivo donde guardaban todos sus tesoros.
Los rumores generados entre la tripulación acerca del "tesoro del capitán" se convirtieron en verdades y en obsesión a lo largo de cinco años de ver al oficial buscando las horas más oscuras para bajar al cuarto de máquinas y entrar por una escotilla a la que sólo él tenía acceso. Según los cálculos de muchos, esa escotilla conducía a un considerable espacio dividido en pequeñas recámaras que normalmente funcionarían como las bodegas ubicadas en otras partes debajo de la nave. Lo que guardaba el capitán en ese lugar al que sólo entraban él y su hija, cuando ella le acompañaba, nadie lo sabía, pero la obsesión y ambición de algunos se materializó en un motín a bordo que ocasionó una batalla entre dos bandos de tripulantes, seguida de una tempestad que les tomó a todos desprevenidos y ocasionó el hundimiento del buque y la muerte de más de la mitad de la gente a bordo, incluido el capitán.
La madre de Rita, preocupada por el impacto que tuvo en su hija la muerte del capitán, consultaba a todo mundo esperando obtener algún remedio, o por lo menos alguna explicación a la extraña conducta de Rita, quien había dejado de hablar, se quedaba horas sentada en una silla plástica mirando hacia el infinito y cuando le acercaban una libreta para ver si se comunicaba usando la escritura, se limitaba a dibujar frenéticamente cosas de barcos y tesoros que admiraban a muchos por el dominio de la técnica de dibujo, pero que a nadie, o casi a nadie, le decían mucho más.
Hacía seis meses, el día en que Rita cumplía veinte años, que su madre no volvía a casa. Había salido con un fajo de dibujos hechos por su hija en busca de una nueva explicación. Iba pálida, pero con paso firme y mirada furiosa. Desde entonces los vecinos se habían ocupado de Rita, a su manera: algunas señoras iban y dejaban comida que ella devoraba como autómata, otras le ayudaban a bañarse y le volvían a poner el camisón que ella insistía en quitarse, durante los primeros meses montaban guardias para que ningún vecino (incluyendo a alguno de los maridos) se metiera a satisfacer sus deseos carnales con la desdichada jovencita, pero hacía ya dos meses que Rita había sido un triste, mudo e indiferente recipiente de múltiples abusos.
Lo que ahora veía el furtivo visitante en los nuevos dibujos de Rita, le parecía imposible, le inquietaba sobremanera, como si estuviera frente a un médico que le informara que le quedan dos días de vida... Sus gordos dedos (los nueve que le quedaban entre ambas manos) temblaban involuntariamente, su corazón (el poco que le quedaba) latía con rapidez y los músculos de sus piernas como troncos se tensaban hasta provocarle calambres, no pudo moverse, la historieta dibujada por Rita le estaba dejando petrificado.
Continuará...
20 de febrero de 2009
Explicar lo que no existe: Crisis 1
En una galaxia lejana, en un planeta muy peculiar lleno de agua que se vertía en ríos hacia mares profundos, turquesas y oscuros; saturado de plantas con tamaños, colores y aromas diversos; animado por especies de peludos, calvos, vertebrados, moluscos, voladores, rastreros, cuadrúpedos, bípedos, gigantes, microscópicos seres que se reproducían, se desarrollaban, morían y daban paso a nuevas generaciones evolucionadas de ellos mismos; ahí, había surgido una especie de seres con la peculiar característica de pensar y concebir el pensamiento de ser el centro de todo lo que les rodeaba, de todos los animales, las plantas, las aguas, los planetas y las galaxias.
Pobres seres que vivieron miles de años inventando nuevos mundos para conquistarlos, cuando su mundo y su universo entero era solo uno; desdichados grupos de millones de esa especie confundida que se aniquiló a sí misma arrebatándose la tierra, el agua y la comida que era para todos, por pensar que era de alguien.
Cierto es que aquella especie poseía su belleza, contaba espléndidos ejemplares que inventaron su propia música y poesía, que bailaron, rieron y descubrieron los horizontes más lejanos y las cuevas profundas de su exterior y su interior. Formidables individuos que, siendo virtuosos, conocieron horrorizados las vergonzantes carencias, miserias y bajezas de su especie y pagaron con desprecio y hasta la propia muerte la osadía de mostrárselas, como advertencia, a sus iguales.
En aquél lugar, las cosas ya estaban organizadas para satisfacer a una minoría que se aprovechaba de la suerte inicial de sus ancestros. En aquél lugar, la historia la escribían los traidores, los corruptos y los hijos de aquellos. Cierto era, que pocas veces había alguien diferente que tuviera la disposición y valentía para redactar con su propia sangre algunas crónicas a favor de los pequeños y desvalidos... Cuando esto sucedía, renacía la esperanza.
Aquella legendaria especie inventó, como nosotros, el término "progreso" para hacer referencia a la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida... Y en el nombre de esa invención, algunos mejoraron mucho, a costa de la desgracia de sus iguales que vivían en otros hemisferios del planeta o que morían intentando cruzar una línea imaginaria que dividía el territorio de quienes tenían derecho a vivir dígnamente y quienes no, a costa también de la aniquilación de todo lo que en el planeta era bello y que, según algunos, debía morir en beneficio de lo útil.
Inventaron también algo muy semejante al dinero, una cosa que comenzó siendo de metal, luego también fue papel y después fue una esencia intangible que viajaba a la velocidad de la luz según la disposición de quienes lo "poseían" y utilizaban. Su función era representar e intercambiar alimento, tierra, agua, poder y hasta amor, por lo que, siendo algo tan "práctico", se convirtió en objeto de codicia, en algo aparentemente más necesario que el agua y el alimento, más necesario que la belleza y más importante que la salud y la vida misma.
Aquella invención tan parecida a nuestro dinero, que era motivo de guerras y traiciones, era también una herramienta con la que se dividían los territorios y, aquellos que vivían de la suerte y la tiranía de sus ancestros, sin vergüenza alguna, decidían cuáles monedas valían más y cuáles menos según sus conveniencias.
Pobres seres que vivieron miles de años inventando nuevos mundos para conquistarlos, cuando su mundo y su universo entero era solo uno; desdichados grupos de millones de esa especie confundida que se aniquiló a sí misma arrebatándose la tierra, el agua y la comida que era para todos, por pensar que era de alguien.
Cierto es que aquella especie poseía su belleza, contaba espléndidos ejemplares que inventaron su propia música y poesía, que bailaron, rieron y descubrieron los horizontes más lejanos y las cuevas profundas de su exterior y su interior. Formidables individuos que, siendo virtuosos, conocieron horrorizados las vergonzantes carencias, miserias y bajezas de su especie y pagaron con desprecio y hasta la propia muerte la osadía de mostrárselas, como advertencia, a sus iguales.
En aquél lugar, las cosas ya estaban organizadas para satisfacer a una minoría que se aprovechaba de la suerte inicial de sus ancestros. En aquél lugar, la historia la escribían los traidores, los corruptos y los hijos de aquellos. Cierto era, que pocas veces había alguien diferente que tuviera la disposición y valentía para redactar con su propia sangre algunas crónicas a favor de los pequeños y desvalidos... Cuando esto sucedía, renacía la esperanza.
Aquella legendaria especie inventó, como nosotros, el término "progreso" para hacer referencia a la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida... Y en el nombre de esa invención, algunos mejoraron mucho, a costa de la desgracia de sus iguales que vivían en otros hemisferios del planeta o que morían intentando cruzar una línea imaginaria que dividía el territorio de quienes tenían derecho a vivir dígnamente y quienes no, a costa también de la aniquilación de todo lo que en el planeta era bello y que, según algunos, debía morir en beneficio de lo útil.
Inventaron también algo muy semejante al dinero, una cosa que comenzó siendo de metal, luego también fue papel y después fue una esencia intangible que viajaba a la velocidad de la luz según la disposición de quienes lo "poseían" y utilizaban. Su función era representar e intercambiar alimento, tierra, agua, poder y hasta amor, por lo que, siendo algo tan "práctico", se convirtió en objeto de codicia, en algo aparentemente más necesario que el agua y el alimento, más necesario que la belleza y más importante que la salud y la vida misma.
Aquella invención tan parecida a nuestro dinero, que era motivo de guerras y traiciones, era también una herramienta con la que se dividían los territorios y, aquellos que vivían de la suerte y la tiranía de sus ancestros, sin vergüenza alguna, decidían cuáles monedas valían más y cuáles menos según sus conveniencias.
11 de enero de 2009
Constantemente imagino
Que durante veinticuatro horas soy capaz de recordar todos mis pendientes y realizarlos uno a uno sin contratiempos, sin llamadas inesperadas, sin una interrupción ni distracción, imagino que concluyo todas mis tareas y por fin puedo comenzar de cero sin dejar que nada más se me vuelva a acumular: el trabajo de titulación de la maestría que parece añejarse "en barricas de roble blanco", el proyecto para hacer más productivos mis veranos, las talachitas de la oficina, la organización de innumerables papelitos "importantes" (que, por más que les erradico del escritorio, se vuelven a acumular a la velocidad de la luz), darle una refrescada a mi portátil, detallar y ajustar algunas sesiones de clases (aunque nadie más que yo note el cambio), mi plan de conquistar al mundo (por lo menos el mundo que hay en mi cabeza que ahora mismo parece tenerme conquistado a mí).
Y constantemente vuelvo a mi realidad, habiendo consumido veinticuatro minutos de mi vida en imaginar que no desperdicio ni un segundo, robándome veinticuatro segundos más para concluir que lo que imagino no sólo es imposible, sino que me encuentro caminando en una ruta que conduce al lado opuesto de ese horizonte.
También acabo de decidir tomarme veinticuatro palabras más para afirmar que no hablo de perder el tiempo, tan sólo de disfrutarlo, aunque sea con estupideces.
Y constantemente vuelvo a mi realidad, habiendo consumido veinticuatro minutos de mi vida en imaginar que no desperdicio ni un segundo, robándome veinticuatro segundos más para concluir que lo que imagino no sólo es imposible, sino que me encuentro caminando en una ruta que conduce al lado opuesto de ese horizonte.
También acabo de decidir tomarme veinticuatro palabras más para afirmar que no hablo de perder el tiempo, tan sólo de disfrutarlo, aunque sea con estupideces.
Y quizás le haya robado a alguien veinticuatro de sus segundos ocupados en contar que el enunciado anterior tiene en realidad veinticinco palabras... Pero quizás también le haya robado una pequeña sonrisa.
28 de diciembre de 2008
Hay noches
Hay noches en que no me parezco al somnoliento ente que llega a su casa como despojo humano después de la jornada laboral. Noches en las que cruzo el portal de mi habitáculo sin ser invadido por el cansancio y el somnífero efecto del silencio y la televisión diciendo estupideces al final de la cena.
En esos espacios nocturnos, esporádicos como las visitas al cine, me descubro en medio de un crucero con su sinfín de caminos posibles e imposibles, una gama de opciones tentadoras que me llaman todas al unísono, me ofrecen sus mejores viandas, sus más finos placeres y sus más altos objetivos, sus armonías hiper-hipnóticas y sus cielos diáfanos con estrellas formadas caprichosamente como para entretener a la humanidad entera.
Ninguna opción se realiza, ninguna mueve mi voluntad ni para destruirme ni para seguirme construyendo; ni para sanarme, ni para asesinarme de una vez por todas. Me quedo a medias de todo, escribiendo estas líneas necias sin un destinatario más evidente que el que veo en el espejo cada mañana, envejeciendo sin sentido y me reconozco pero no me acepto como uno más de los tantos que miran su reflejo y se reconocen pero no se aceptan.
Hay noches que sueño sin dormir, me embriago sin beber, vuelo sin fumar aunque esto último sea irrelevante porque siempre vuelo sin fumar... Hay noches que emprendo la salvación de mi mundo, y me convierto en héroe de armario, noches en que me convenzo de que tarde o temprano terminaré lo que pensé, aunque nunca lo haya empezado, noches que devastan mi ruina monótona y ácida y me transportan al encanto melancólico de mi prosperidad rutinaria y abrasiva.
Hay noches sumergibles y noches como ésta en las que me sumerjo sin tanque de oxígeno y me encuentro conmigo pero no tengo nada que decirme, o me digo sin poder escucharme, o me escucho sin ser capaz de responderme. Hay noches que parecen infinitas como para devorarse todos los mundos virtuales en el transcurso de su eternidad y fugaces como para siquiera comenzar a mirarles de reojo.
Esta oscuridad es tan luminosa que pone todo en claro: La Coca-Cola del cine tiene efectos secundarios.
En esos espacios nocturnos, esporádicos como las visitas al cine, me descubro en medio de un crucero con su sinfín de caminos posibles e imposibles, una gama de opciones tentadoras que me llaman todas al unísono, me ofrecen sus mejores viandas, sus más finos placeres y sus más altos objetivos, sus armonías hiper-hipnóticas y sus cielos diáfanos con estrellas formadas caprichosamente como para entretener a la humanidad entera.
Y son tantas y tan tontas las tentadoras opciones que como tentáculos me inmovilizan tanteando cada una de mis tentaciones escritas con el tintero que una vez intenté tontamente ignorar.
Ninguna opción se realiza, ninguna mueve mi voluntad ni para destruirme ni para seguirme construyendo; ni para sanarme, ni para asesinarme de una vez por todas. Me quedo a medias de todo, escribiendo estas líneas necias sin un destinatario más evidente que el que veo en el espejo cada mañana, envejeciendo sin sentido y me reconozco pero no me acepto como uno más de los tantos que miran su reflejo y se reconocen pero no se aceptan.
Y queman tan quedo que cada manta queda intacta de quemaduras, queman tantas y son tan tontas tentaciones, que maduras... Y quedo en un silencio quedo.
Hay noches que sueño sin dormir, me embriago sin beber, vuelo sin fumar aunque esto último sea irrelevante porque siempre vuelo sin fumar... Hay noches que emprendo la salvación de mi mundo, y me convierto en héroe de armario, noches en que me convenzo de que tarde o temprano terminaré lo que pensé, aunque nunca lo haya empezado, noches que devastan mi ruina monótona y ácida y me transportan al encanto melancólico de mi prosperidad rutinaria y abrasiva.
Y te recuerdo... Contigo estoy tan cuerdo, que ni me acuerdo de las cuerdas que me sujetan a mis acuerdos... Y tú me quitas la cordura para estar en desacuerdo con los cuerdos.
Hay noches sumergibles y noches como ésta en las que me sumerjo sin tanque de oxígeno y me encuentro conmigo pero no tengo nada que decirme, o me digo sin poder escucharme, o me escucho sin ser capaz de responderme. Hay noches que parecen infinitas como para devorarse todos los mundos virtuales en el transcurso de su eternidad y fugaces como para siquiera comenzar a mirarles de reojo.
Esta oscuridad es tan luminosa que pone todo en claro: La Coca-Cola del cine tiene efectos secundarios.
7 de diciembre de 2008
Rita en la silla plástica (5)
La destreza de Rita para trazar sus dibujos era casi mágica. parecía mirar hacia un punto infinitamente más lejano que el de el papel mismo donde aparecían líneas, sombras, escenarios del interior de un gran navío que se recreaban gracias al frenético vaivén del lápiz en manos de ella.
El invasor se abandonó al recorrido visual que le ofrecían aquellas viñetas fugaces, se internó en aquél laberinto flotante, se olvidó de la tormenta y los ruidosos truenos fueron transformados en simples ronroneos en medio de la ensoñación que se dibujaba al carbón ante sus ojos y le prometía el encuentro de aquél tesoro oculto y hundido junto con el buque de su difunto capitán, del padre de Rita.
Aquella mole intrusiva ya tenía un plan: una vez que Rita concluyera su obsesiva labor, él le arrebataría la historieta para usarla como mapa dentro del buque. Esto le resultaba necesario ya que el navío era de dimensiones extraordinarias y las posibilidades de hallar aquél misterio tan valioso sin un mapa, debajo del agua, en aquél laberinto y con un equipo de exploración submarina tan limitado como el que había podido robarse, eran de risa.
Rita seguía dibujando como encantada por un hechizo. Siempre le había gustado dibujar durante días para mostrarle a su padre las experiencias que había vivido durante su ausencia. De esta manera le contaba sobre la escuela, el vecindario, el parque, el mercado y muchos otros lugares que visitaba con su mamá o con sus pocos amigos. Esa habilidad se convirtió para Rita en un ancla con su pasado, un portal hacia tiempos más felices, cuando su padre aún llegaba a disfrutar de sus dibujos.
6 de octubre de 2008
Rita en la silla plástica (4)
[ Leer antes: Cap. 1 - Cap. 2 - Cap. 3]
Era difícil para Rita mantenerse aferrada a su silla plástica mientras su visitante, con un molesto estruendo, acercaba un banco oxidado a su lado provocando una confusión entre los sonidos metálicos del asiento siendo arrastrado por la desgastada loza y los truenos que acompañaban a la tormenta.
El primer instrumento con el que el victimario pretendía extraerle información a Rita estaba desgastado, plano y amarillento; fue colocado con un golpe seco sobre la mesa. La segunda herramienta era de madera y estaba toscamente afilada dejando al descubierto una larga y gruesa punta de grafito; el visitante jaló bruscamente el brazo de Rita y la obligó a sostener el lápiz en su mano izquierda, él sabía que ella era zurda.
Maquinalmente, Rita comenzó a dibujar sobre el papel mortecino al tiempo que temblaba y dejaba escurrir sus lágrimas, en un completo y absorto silencio. Dibujaba un buque en una esquina de la hoja, con una habilidad que no podía esperarse de un personaje en esas condiciones. En un segmento siguiente del lienzo prefabricado, dibujaba un timón, al siguiente una escalinata, continuando con varias escenas que, sin duda, eran partes de una gran embarcación ilustradas como si de una historieta se tratara.
Mientras dibujaba, las lágrimas se le secaban sobre las mejillas y entre las comisuras de los labios se hubiera podido observar un conato de sonrisa. Su mirada se volvía a perder en el horizonte del papel y sus piernas se relajaban cruzadas encima de su silla plástica. Sus recuerdos la llevaban al día en que su padre le invitó a hacer un recorrido por dentro del buque que comandaba y esas reminiscencias se materializaban en grafito y papel.
¿Qué esperaba encontrar el visitante en esos dibujos casi místicos?
Mientras tanto, la tormenta no amainaba y comenzaba a filtrarse hacia dentro de las casas.
Era difícil para Rita mantenerse aferrada a su silla plástica mientras su visitante, con un molesto estruendo, acercaba un banco oxidado a su lado provocando una confusión entre los sonidos metálicos del asiento siendo arrastrado por la desgastada loza y los truenos que acompañaban a la tormenta.
El primer instrumento con el que el victimario pretendía extraerle información a Rita estaba desgastado, plano y amarillento; fue colocado con un golpe seco sobre la mesa. La segunda herramienta era de madera y estaba toscamente afilada dejando al descubierto una larga y gruesa punta de grafito; el visitante jaló bruscamente el brazo de Rita y la obligó a sostener el lápiz en su mano izquierda, él sabía que ella era zurda.
Maquinalmente, Rita comenzó a dibujar sobre el papel mortecino al tiempo que temblaba y dejaba escurrir sus lágrimas, en un completo y absorto silencio. Dibujaba un buque en una esquina de la hoja, con una habilidad que no podía esperarse de un personaje en esas condiciones. En un segmento siguiente del lienzo prefabricado, dibujaba un timón, al siguiente una escalinata, continuando con varias escenas que, sin duda, eran partes de una gran embarcación ilustradas como si de una historieta se tratara.
Mientras dibujaba, las lágrimas se le secaban sobre las mejillas y entre las comisuras de los labios se hubiera podido observar un conato de sonrisa. Su mirada se volvía a perder en el horizonte del papel y sus piernas se relajaban cruzadas encima de su silla plástica. Sus recuerdos la llevaban al día en que su padre le invitó a hacer un recorrido por dentro del buque que comandaba y esas reminiscencias se materializaban en grafito y papel.
¿Qué esperaba encontrar el visitante en esos dibujos casi místicos?
Mientras tanto, la tormenta no amainaba y comenzaba a filtrarse hacia dentro de las casas.
Continuará... (Esperando que no tarde tanto)
29 de mayo de 2008
Rita en la silla plástica (3)
[ Leer antes: Cap. 1 - Cap. 2 ]
Rita se había ausentado de aquél instante dramático, refugiándose en sus recuerdos, pero en pocos segundos su refugio virtual se desvanecería como el humo de los cigarros cuyos cadáveres yacían en el cenicero de latón.
Con un movimiento lastimoso, como el de las cuerdas de guitarra al estirarse para ser afinadas, el voluminoso visitante extrajo del saco dos herramientas con las que pretendía cumplir su objetivo...
Rita salió repentina y momentáneamente de su letargo, observó los instrumentos sostenidos por una mano gruesa y temblorosa, se estremeció, se planteó varios porqués, buscó los ojos del intruso que, antes de mirarle, le quemaron y mejor bajó la vista...
Se volvió a aferrar a su silla plástica, regresó a otro momento de su vida, la víspera de sus quince años, cuando ella esperaba ansiosa a su padre, sentada con su nuevo vestido en la vieja silla plástica que habían decidido pintar de rosa para la ocasión y que la imaginación de Rita había convertido en un trono donde una princesa esperaba a su padre, el Rey, para que la llevara al gran baile... Aquella ocasión, en lugar de su padre con una improvisada corona de cartón en la cabeza, entró por la puerta un mensajero con cara sombría y habló con la madre de Rita, ambas, al mismo tiempo, derramaron sus lágrimas, la madre por la noticia que escuchaba, la hija porque sabía lo que significaba que su padre no llegara justo en ese momento: él se había ido a navegar a otro mundo.
El mensajero dejaría un sobre para la madre y otro para Rita, pero pasarían meses antes de que la quinceañera decidiera abrir el sobre, meses en los que la imaginación le proponía que dentro de ese papel hubiera una carta que indicara que todo era una broma, un mapa que la guiara de nuevo a los brazos de su padre vivo, sonriente y con el aroma a mar y maderas de siempre, meses anclada a una silla plástica que ya no navegaba más, que ya no era un trono sino el asiento cualquiera de una terminal a la que no llegaba ningún tren, ningún barco, ningún autobús.
Rita se había ausentado de aquél instante dramático, refugiándose en sus recuerdos, pero en pocos segundos su refugio virtual se desvanecería como el humo de los cigarros cuyos cadáveres yacían en el cenicero de latón.
Con un movimiento lastimoso, como el de las cuerdas de guitarra al estirarse para ser afinadas, el voluminoso visitante extrajo del saco dos herramientas con las que pretendía cumplir su objetivo...
Rita salió repentina y momentáneamente de su letargo, observó los instrumentos sostenidos por una mano gruesa y temblorosa, se estremeció, se planteó varios porqués, buscó los ojos del intruso que, antes de mirarle, le quemaron y mejor bajó la vista...
Se volvió a aferrar a su silla plástica, regresó a otro momento de su vida, la víspera de sus quince años, cuando ella esperaba ansiosa a su padre, sentada con su nuevo vestido en la vieja silla plástica que habían decidido pintar de rosa para la ocasión y que la imaginación de Rita había convertido en un trono donde una princesa esperaba a su padre, el Rey, para que la llevara al gran baile... Aquella ocasión, en lugar de su padre con una improvisada corona de cartón en la cabeza, entró por la puerta un mensajero con cara sombría y habló con la madre de Rita, ambas, al mismo tiempo, derramaron sus lágrimas, la madre por la noticia que escuchaba, la hija porque sabía lo que significaba que su padre no llegara justo en ese momento: él se había ido a navegar a otro mundo.
El mensajero dejaría un sobre para la madre y otro para Rita, pero pasarían meses antes de que la quinceañera decidiera abrir el sobre, meses en los que la imaginación le proponía que dentro de ese papel hubiera una carta que indicara que todo era una broma, un mapa que la guiara de nuevo a los brazos de su padre vivo, sonriente y con el aroma a mar y maderas de siempre, meses anclada a una silla plástica que ya no navegaba más, que ya no era un trono sino el asiento cualquiera de una terminal a la que no llegaba ningún tren, ningún barco, ningún autobús.
21 de mayo de 2008
Sobre las rebanadas cardiacas
Me ha surgido la necesidad de hacer algunas aclaraciones a quienes amablemente han comentado sobre las rebanadas cardiacas:
Personalmente no he podido rebanar ni un pedacito de mi corazón y, aunque en momentos la idea me parece atractiva, me inclino más por la pretensión romántica y apasionada de un corazón completo que está siempre disponible para la pareja, los amigos, los padres y para la humanidad en general... Sin necesidad de convertirse en rebanadas que terminarán podridas con gran rapidez... Claro está que, así como no se puede rebanar el corazón, tampoco es cierto que se pueda dar el corazón entero a todo el mundo, así que no queda más que conformarse con lo que el tiempo, la energía y la voluntad ofrecen.
Corazón en rebanadas no es, no fue, más que la manifestación de una posibilidad tentadora pero absurda, deliciosa pero mortífera... De hecho no fue más que un ejercicio de imaginación.
Personalmente no he podido rebanar ni un pedacito de mi corazón y, aunque en momentos la idea me parece atractiva, me inclino más por la pretensión romántica y apasionada de un corazón completo que está siempre disponible para la pareja, los amigos, los padres y para la humanidad en general... Sin necesidad de convertirse en rebanadas que terminarán podridas con gran rapidez... Claro está que, así como no se puede rebanar el corazón, tampoco es cierto que se pueda dar el corazón entero a todo el mundo, así que no queda más que conformarse con lo que el tiempo, la energía y la voluntad ofrecen.
Corazón en rebanadas no es, no fue, más que la manifestación de una posibilidad tentadora pero absurda, deliciosa pero mortífera... De hecho no fue más que un ejercicio de imaginación.
2 de mayo de 2008
Corazón en rebanadas
Un corazón en rebanadas trae consigo muchas ventajas, se puede repartir cada una y saber exactamente cuántas quedan disponibles. Es posible quedarse con la más grande o regalarla a alguien muy especial; lo importante es que un corazón en rebanadas siempre permitirá un mejor posicionamiento y una mayor diversidad de emociones que uno entero.
Pero el corazón no puede rebanarse, cada vez que lo intento es más bien como rasurar los sentimientos para que unas horas después vuelvan a brotar impetuosos e irreverentes, dolorosos como lijas frotadas con violencia en las mejillas.
Un corazón completo es lo que todo mundo pide, nadie quiere un corazón en rebanadas a pesar de sus ventajas... ¿Será porque no las observan o porque simplemente se trata de algo "imposible"?
Pero el corazón no puede rebanarse, cada vez que lo intento es más bien como rasurar los sentimientos para que unas horas después vuelvan a brotar impetuosos e irreverentes, dolorosos como lijas frotadas con violencia en las mejillas.
Un corazón completo es lo que todo mundo pide, nadie quiere un corazón en rebanadas a pesar de sus ventajas... ¿Será porque no las observan o porque simplemente se trata de algo "imposible"?
29 de abril de 2008
Rita en la silla plástica (2)
[ Leer antes el Capítulo 1 ]
Capítulo 2
Años atrás, Rita estaba sentada en esa misma silla plástica aún reluciente, imaginándose capitana de un buque a punto de cruzar el Atlántico; años atrás veía, claramente, entrar por la puerta a su padre, impecable, pulcro, acompañado del aroma a sal de la brisa marina, pero mezclado con perfume de maderas y tabaco oscuro, aunque su padre nunca fumaba en casa.
La sombra que proyectaba ese señor a quien abrazaba y besaba cada mes no era grotesca, sus botas siempre estaban limpias, sus brazos eran proporcionados y sus ojos eran siempre claros, llenos de respuestas, de paciencia, de amor... Su llegada solía interrumpir el mágico mundo que se creaba Rita para surcar el océano, pero después de un beso en la frente y un abrazo estrujador el padre comentaba:
-- Se avecina una tormenta mi capitana ¿está lista para más olas gigantes?
-- ¡Las olas gigantes me hacen los mandados marinero! -- gritaba ella entusiasmada por lo que aquella advertencia significaba: su padre comenzaría a lanzar almohadas, cojines y salpicones de agua contra la silla plástica desde donde Rita controlaba su buque.
Pero esa noche la tormenta era real, desde su silla plástica recibiría los embates de objetos menos sutiles que una almohada, menos dolorosos que sus últimos años, pero dolorosos al fin... Aún así, ella permanecía en su lugar, como apropiándose de nuevo de su personaje imaginario, de ése a quien las olas gigantes le hacían los mandados, ése de quien estaba orgulloso su padre.
Aquél bulto con extremidades hurgó dentro de su morral por unos momentos, al tiempo que hurgaba también en su mente para elegir las preguntas más útiles, las más rápidas, las palabras más amenazantes, aquellas que consideraba claves para obtener la información que tanto le urgía.
Capítulo 2
Años atrás, Rita estaba sentada en esa misma silla plástica aún reluciente, imaginándose capitana de un buque a punto de cruzar el Atlántico; años atrás veía, claramente, entrar por la puerta a su padre, impecable, pulcro, acompañado del aroma a sal de la brisa marina, pero mezclado con perfume de maderas y tabaco oscuro, aunque su padre nunca fumaba en casa.
La sombra que proyectaba ese señor a quien abrazaba y besaba cada mes no era grotesca, sus botas siempre estaban limpias, sus brazos eran proporcionados y sus ojos eran siempre claros, llenos de respuestas, de paciencia, de amor... Su llegada solía interrumpir el mágico mundo que se creaba Rita para surcar el océano, pero después de un beso en la frente y un abrazo estrujador el padre comentaba:
-- Se avecina una tormenta mi capitana ¿está lista para más olas gigantes?
-- ¡Las olas gigantes me hacen los mandados marinero! -- gritaba ella entusiasmada por lo que aquella advertencia significaba: su padre comenzaría a lanzar almohadas, cojines y salpicones de agua contra la silla plástica desde donde Rita controlaba su buque.
Pero esa noche la tormenta era real, desde su silla plástica recibiría los embates de objetos menos sutiles que una almohada, menos dolorosos que sus últimos años, pero dolorosos al fin... Aún así, ella permanecía en su lugar, como apropiándose de nuevo de su personaje imaginario, de ése a quien las olas gigantes le hacían los mandados, ése de quien estaba orgulloso su padre.
Aquél bulto con extremidades hurgó dentro de su morral por unos momentos, al tiempo que hurgaba también en su mente para elegir las preguntas más útiles, las más rápidas, las palabras más amenazantes, aquellas que consideraba claves para obtener la información que tanto le urgía.
26 de abril de 2008
Rita en la silla plástica
Desde la puerta, un sonido opaco invadió la sombría habitación donde Rita temblaba de frío. En medio de una espesa tiniebla, fruto de su propio tabaquismo, apenas pudo mirar con sus ojos la perilla girando, aunque sus oídos recibieron las vibraciones de las piezas metálicas, frotándose entre sí para dar paso a un rayo de luz mortecina que proyectó una sombra grotesca sobre el piso y se hizo acompañar de una helada brisa salina, con todo su tacto y los sonidos de millones de gotas cayendo sobre el pavimento.
Rita no se inmutó, permaneció sentada en aquella vieja silla plástica, otrora color blanco, con las manos alrededor de sus hombros, los codos alrededor de sus rodillas y éstas cubriendo sus senos desnudos. Un escalofrío recorrió su cuerpo al recibir el aroma marítimo que invadía sus vías respiratorias y le platicaba sus más recónditos recuerdos infantiles, cuando aún se divertía bajo la lluvia mientras corría y saltaba en el bulevar, ignorando los gritos de su madre aterrada ante semejante acto de irresponsabilidad.
De nuevo, Rita escuchó, más que vio, una bota enlodada haciendo fricción en la desgastada loza de la habitación, un segundo después, otra bota más hacía su aparición en ese melancólico y sombrío escenario; sobre ambas botas caminaba un pesado bulto con enormes extremidades que sólo pudieron distinguirse mientras un relámpago dilataba las pupilas de los presentes, quienes acto seguido, crisparon involuntariamente todos sus músculos ante el golpe sonoro del inevitable trueno que les cimbró hasta el alma.
Rita miró por entre la mencionada tiniebla que comenzaba a disiparse por obra de la brisa, observó y se supo escudriñada por unos ojos vidriosos que cargaban con muchas preguntas, poca paciencia y ningún sentido del humor.
Rita no se inmutó, permaneció sentada en aquella vieja silla plástica, otrora color blanco, con las manos alrededor de sus hombros, los codos alrededor de sus rodillas y éstas cubriendo sus senos desnudos. Un escalofrío recorrió su cuerpo al recibir el aroma marítimo que invadía sus vías respiratorias y le platicaba sus más recónditos recuerdos infantiles, cuando aún se divertía bajo la lluvia mientras corría y saltaba en el bulevar, ignorando los gritos de su madre aterrada ante semejante acto de irresponsabilidad.
De nuevo, Rita escuchó, más que vio, una bota enlodada haciendo fricción en la desgastada loza de la habitación, un segundo después, otra bota más hacía su aparición en ese melancólico y sombrío escenario; sobre ambas botas caminaba un pesado bulto con enormes extremidades que sólo pudieron distinguirse mientras un relámpago dilataba las pupilas de los presentes, quienes acto seguido, crisparon involuntariamente todos sus músculos ante el golpe sonoro del inevitable trueno que les cimbró hasta el alma.
Rita miró por entre la mencionada tiniebla que comenzaba a disiparse por obra de la brisa, observó y se supo escudriñada por unos ojos vidriosos que cargaban con muchas preguntas, poca paciencia y ningún sentido del humor.
17 de abril de 2008
Un extraño personaje que lo cambia todo
La pobre víctima sufrió un imperceptible cambio instantáneo e inició un proceso evolutivo sin final determinado. Se cuestiona, se aturde a sí misma con espejismos de felicidades anheladas, con visiones construidas por un alma contaminada de sustancias, esencias que le provocan una insoportable sed de algo desconocido.
La víctima está desorientada, se sorprende entrando en una realidad futura cuya puerta única es el espejismo, camina sin descanso, se desgasta entre conversaciones virtuales, luego las interrumpe como una autoreceta en búsqueda de cura, pero las sustancias siguen ahí, las letras siguen llegando a sus pupilas y a sus neuronas por todos los medios y sentidos. La víctima sigue caminando, o mejor dicho, volando hacia el espejismo sin saberlo. De repente está en la puerta y descubre que un ancla le impide seguir flotando hacia su destino recién descubierto.
Se encuentra ahí, en ese preciso instante y espacio ingrávido en el que su tobillo es un eslabón más de la cadena que le ata al ancla y le hace parte de ella, estática... El espejismo le sigue llamando, la realidad detrás de dicha fantasía se le antoja como un remedio a su desesperada sed, pero le asusta como el agua a los gatos.
Al fin vuela, se desprende del ancla y siente el vértigo y la felicidad momentánea que produce cualquier travesura. De pronto se percata de que es una víctima cuyo padecimiento es contagioso... Pero ya es tarde, el extraño personaje observa satisfecho, pero inmutable, el producto de su trabajo, admira la propagación de las sustancias que puso en marcha noches atrás, se complace con el trabajo que ahora su víctima hace por él: dos contagios más, una de las afectadas sonríe, la otra llora... No hay culpables que perseguir, sólo un extraño personaje de quien no se sabe nada, excepto que cuando se presenta, las cosas nunca vuelven a ser igual, para bien y para mal.
La imagen es de: la_marialegria
2 de febrero de 2008
Preludio a un fuego endémico

Los cirios no se encienden por sí mismos, pero una vez contagiados por la flama, llaman a todas las velitas a la incineración para convertirse en una epidemia de luz y calor.
Veo un cirio en el espejo, esperando su llama, llamando al motivo de su espera, sin saber su sabor; le veo erguido e indeciso con los rastros de iluminaciones anteriores y auguro, con un dejo de aprehensión, que su visita ígnea podría llegar desde el cajón de mi cocina o desde el bolsillo de algún hada o musa prohibida que se acerque astuta, furtiva, precoz, idílicamente para entregarle al cirio el ascua que dará inicio a su comedia borrascosa y endémica...
¿Continuará?
Aunque continuamente me pregunto si esa hada o musa no quisieras ser tú
[acerca de la imagen]
Aunque continuamente me pregunto si esa hada o musa no quisieras ser tú
[acerca de la imagen]
30 de enero de 2008
Julio y la obsidiana
Julio está completamente seguro de su excelente desempeño en la compañía. Después de todo, en el último año, desde que él llegó, se han elevado en un cincuenta por ciento las ventas, se han establecido acuerdos estratégicos con más de diez empresas multinacionales, sus comerciales son los más vistos y posicionados entre la audiencia, se ha renovado el mobiliario, sustituyendo los viejos archivos por una computadora central con la información digitalizada, dejando espacio en el edificio para mobiliario con un estilo minimalista, lo cual hace sentir a Julio más a sus anchas.
Le agrada cada vez que mira su reflejo en la franja de obsidiana que cubre la pared al lado del elevador, él sabe que mientras entra, la mayoría de las miradas se le dirigen rotundamente; es un personaje robusto, con cabello abundante, ondulado y entrecano, de presencia simpática que roba sonrisas a la mayoría de las empleadas del lugar. Él considera que el éxito le rodea y se siente afortunado.
Algunas veces se pregunta si todos a su alrededor lo admiran o si sólo le dan por su lado. Las caricias que ha recibido de tantas chicas lindas que han pasado por su exitosa empresa le dicen que es todo un hit, pero cuando nota que algunos compañeros le miran con una resignada repulsión, corre a la franja de obsidiana al lado del elevador y se convence a sí mismo de que es por pura envidia... Él es diferente, popular.
Justo cuando nuestro protagonista está terminando de convencerse de su éxito, escucha una voz que le impone pero, al mismo tiempo, le llena de tranquilidad: "¡Julio ven acá!". Él se apresura, entra ágilmente por la puerta de la oficina principal, llena su olfato del delicado perfume que usa la madura y bella mujer sentada tras el escritorio color chocolate, se recarga en el descansa-brazos de la silla ejecutiva y la besa con ternura. Ella protesta en medio de risas cosquilludas, le acaricia el pelo y le dice: "Julio, ni siquiera con esos cariños te salvarás de la antirrábica que te toca hoy, ya llamé a tu veterinario".
Le agrada cada vez que mira su reflejo en la franja de obsidiana que cubre la pared al lado del elevador, él sabe que mientras entra, la mayoría de las miradas se le dirigen rotundamente; es un personaje robusto, con cabello abundante, ondulado y entrecano, de presencia simpática que roba sonrisas a la mayoría de las empleadas del lugar. Él considera que el éxito le rodea y se siente afortunado.
Algunas veces se pregunta si todos a su alrededor lo admiran o si sólo le dan por su lado. Las caricias que ha recibido de tantas chicas lindas que han pasado por su exitosa empresa le dicen que es todo un hit, pero cuando nota que algunos compañeros le miran con una resignada repulsión, corre a la franja de obsidiana al lado del elevador y se convence a sí mismo de que es por pura envidia... Él es diferente, popular.
Justo cuando nuestro protagonista está terminando de convencerse de su éxito, escucha una voz que le impone pero, al mismo tiempo, le llena de tranquilidad: "¡Julio ven acá!". Él se apresura, entra ágilmente por la puerta de la oficina principal, llena su olfato del delicado perfume que usa la madura y bella mujer sentada tras el escritorio color chocolate, se recarga en el descansa-brazos de la silla ejecutiva y la besa con ternura. Ella protesta en medio de risas cosquilludas, le acaricia el pelo y le dice: "Julio, ni siquiera con esos cariños te salvarás de la antirrábica que te toca hoy, ya llamé a tu veterinario".
"Que no te den la razón los espejos, que te aproveche mirar lo que miras" - Joaquín Sabina
12 de enero de 2008
Tantas ganas como miedos

Tengo tantas ganas como miedos de estar con ella... Es mucha la curiosidad que me provoca la posibilidad de su aroma cerquita de mí, de su voz en exclusiva para mis oídos, de sus manos que quizás, por primera vez, toquen las mías por más de 2 segundos, de su cara sonrojada...
Curiosidad por la película que servirá como pretexto para reunirnos y sentarnos juntos en la oscuridad, sentir su cabeza temblando en mi hombro, mirando hacia la pantalla, pero mirándonos en realidad: ella a mis manos, yo, con ojos furtivos, cazando sus pies recién desnudos.
Y están los miedos: el de enamorarse perdida y perdedoramente, el de entregar la confianza como prestar la vida a un desconocido, el de encontrarme indefenso en medio de mi propia existencia, observado y juzgado por quienes no entienden que la vida está llena de caminos que se bifurcan y nos enredan a todos en una maraña, sin sentido quizás, pero con un propósito que en algún tiempo infinito se puede revelar.
Tengo tantas ganas como miedos, pero soy feliz... La balanza sigue en equilibrio.
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